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Francisco Velasquez Woodard ||//
De acusador a estar a la defensiva, otro golpe a la credibilidad

WASHINGTON.- Fue un giro imprevisto y, para muchos en esta ciudad, desconcertante. En cuestión de horas, y merced al testimonio del director del FBI, la posición del presidente Donald Trump se alteró para volverse más incómoda.

Ya no se lo ve tan seguro en su papel de acusador del ex presidente Barack Obama.

En cambio, parece acercarse al objeto mismo de una investigación por supuestos lazos opacos entre su equipo de campaña y el Kremlin de Vladimir Putin.

Todos los fantasmas y todas las conspiraciones saltaron ayer de su caja tras la inusual comparecencia del jefe del FBI, James Comey, en el Congreso.

La peor de las sospechas se instaló en los más afiebrados. “Si esto se probara, estaríamos ante uno de los mayores casos de traición en la historia”, dijo el diputado demócrata Adam Schiff.

De acusadora, la Casa Blanca pasó a situarse en posición defensiva.

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“Investigar es una cosa; pero demostrar y probar es una cuestión muy distinta”, atajó el vocero presidencial, Sean Spicer.

Todo el mundo pudo ver la inédita comparecencia.

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Por televisión -porque las principales cadenas la transmitieron en directo- o por Internet, porque los principales diarios y paginas web lo incluyeron en sus portales.

Fue un hecho extraordinario.

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No es habitual ver al director del FBI testificando públicamente nada. Eso era una noticia en sí misma y si ocurrió fue porque algo inusual está pasando en la vida política de este país.

“La demanda y el interés público lo ameritan”, arrancó el propio Comey, al justificar su insólito papel.

Al lado de él, el almirante Mike Rogers experimentaba lo mismo.

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Sin embargo, el papel central recayó sobre el jefe del FBI. Un hombre que no vive en paz desde hace meses.

Lo extraordinario es la guerra de conspiraciones en la que vive esta ciudad desde que asumió Trump.

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Eso ocurrió hace nada más que dos meses. Pero a muchos les parece bastante más.

La denuncia permanente de una guerra de conspiraciones es uno de los rasgos de su presidencia.

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La última, la que él mismo instaló hace 18 días, cuando públicamente acusó a Obama de espionaje telefónico en su cuartel de campaña.

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“Algo asqueroso”, dijo.

A esta altura, nadie en esta ciudad -con excepción del presidente y de la Casa Blanca- es capaz de sostener semejante afirmación sin ponerse colorado.

Por si alguien tenía aún alguna duda, la última carta se desmoronó con el informe de Comey.

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“No hay evidencia alguna”, repitió.

A esta altura, seguir creyendo en los dichos de Trump es creer que medio mundo miente bajo juramento.

Eso incluye a instituciones aliadas de Washington.

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Como el gobierno británico, que sostuvo que era un disparate. O el silencio reprobador de la canciller alemana, Angela Merkel, ante quien Trump insistió una vez más con la letanía de las supuestas escuchas del ex presidente.

“Creo que hay que pedirle perdón”, se atrevió ayer el republicano Pete King.

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Otros lo susurran por lo bajo. Están hartos de sostener algo en lo que cada vez cuesta más creer y que, en definitiva, atenta contra la credibilidad del gobierno.

“Eso no ayuda con nuestros aliados”, deslizó el propio Rogers.

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La cuestión ya no es local. La cuestión es ya un incidente internacional.

En esta guerra de conspiraciones, Trump ha intentado llevar la atención hacia lo que a él le interesa.

Esto es, por un lado, acusar a Obama -algo que, en la medida en que pasan los días, crece como la hipótesis de una fantástica maniobra de distracción- y, por el otro, intentar frenar los pies a los periodistas que hacen su trabajo.

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El presidente no quiere más investigaciones que lo perjudiquen.

Un giro inesperado Pero de todas las conspiraciones, ayer le saltó la peor.

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La menos esperada. La del FBI que confirmó por primera vez en forma oficial que existe una investigación formal de supuestos lazos opacos entre la campaña electoral de Trump y el gobierno ruso.

“Han intentado desestabilizar las elecciones y volverán a hacerlo”, dijo Comey.

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Malas noticias para los republicanos: el tema del que no quieren hablar no sólo crece, sino que promete prolongarse en el tiempo.

Difícil apostar hoy por el futuro de Comey.

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También, por el juego de conspiraciones. Hace apenas unos meses, Trump lo felicitaba por investigar los correos privados de su derrotada rival Hillary Clinton.

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“Esto cambia todo”, sostuvo por entonces, cuando aseguraba a gritos que él mismo la “metería presa”.

Hoy el propio Comey investiga no a Hillary, sino la campaña republicana.

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Un momento inquietante. De esos que sobrevienen como un hipo de la historia. Como un remedo de algo que podría repetirse.

En esta nota: Estados Unidos Donald Trump LA NACION El Mundo.

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El Pais de España

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